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por María Mendizábal*
Giovanni Pierluigi da Palestrina, oriundo precisamente de esta ciudad italiana de la cual el músico toma su nombre (nacido circa 1525, moriría en Roma en 1594), es el autor de la Misa Salve Regina, magnífica obra que el Coro de Cámara Adrogué, dirigido por Marcelo Ortiz Rocca, interpretará el 13 de agosto del corriente año a las 20 hs. en la Basílica Nuestra Señora de la Merced (Pte. Perón y Reconquista), Buenos Aires.
Estamos haciendo referencia a un músico que en la segunda mitad del S. XVI era considerado por sus contemporáneos como un compositor de gran talento -creador de un estilo propio que luego haría escuela- y como uno de los directores de coro más reputados por ese entonces en Europa. Se trata también de quien tuvo un papel decisivo en el desarrollo de la historia musical de la Iglesia católica, al lograr que la contrarreforma sostuviera la polifonía como procedimiento compositivo válido para la liturgia.
Su carrera y su producción compositiva son realmente impresionantes: de niño y adolescente integró como cantante el coro de Santa María Maggiore y en 1544 ya era organista en la Catedral de San Agapito, en la ciudad de Palestrina. En 1551 el Papa Julio III -quien antes había sido obispo de su ciudad natal- lo nombra Maestro de Capilla en la Basílica de San Pedro. En 1555 es aceptado para integrar el coro de la Sixtina, Capilla oficial del ceremonial del Papa. Este es un dato elocuente para evaluar la alta consideración que se le tenía como músico, pues para pertenecer a ese coro era condición excluyente ser célibe. Y Palestrina no sólo no era religioso, sino que era casado y tenía tres hijos.
Al Papa Julio III lo sucede Marcello II, a cuyo presunto pedido Palestrina compone su famosa Misa Papae Marcelli. Pero el Soberano Pontícipe es sorprendido por la muerte y permanece al frente de la Iglesia por sólo tres semanas. Es sucedido por Pablo IV, acérrimo defensor de la contrarreforma, que en septiembre de 1555 exige la dimisión de Palestrina y de otros dos cantantes casados del coro sixtino.
Cabe recordar que la Iglesia se hallaba por ese entonces en pleno conflicto religioso: el Concilio de Trento, que sesionó entre 1545 y 1563, había sido generado por la necesidad de contrarrestar el movimiento reformista iniciado por Lutero. Se emprendió entonces la revisión de la liturgia para modernizar las prácticas y diferenciarse de la herejía protestante. En este sentido le cupo al arte un papel relevante: mientras el protestantismo rechazaba las manifestaciones artísticas en cualquiera de sus formas, el catolicismo se sirvió de ellas como arma contra las doctrinas heréticas. En tal contexto, la tendencia puritana se presenta no sólo en las exigencias de celibato para el coro; vaya como ejemplo que el aludido Papa Pablo IV mandó pintar prendas de vestir sobre los desnudos de los frescos de Miguel Angel en al Capilla Sixtina.
La carrera de Palestrina continúa, no obstante, como existoso Maestro de Capilla en San Juan Letrán y luego, en 1561 y con carácter de Director, en Santa María Maggiore, donde se había formado de niño. Su reputación en este período es inmensa y es contratado entre 1567 y 1571 por el acaudalado Cardenal Hipólito II d'Este para el servicio musical en su Villa en Tívoli, fuera de Roma. También fue requerido por el Emperador Maximiliano II para ser transferido a Viena como Director del Coro Imperial, pero no pudieron llegar a un acuerdo por las altas pretensiones económicas de Palestrina.
En 1571 vuelve a San Pedro, a la Capilla Julia, en el cargo de Director de Coro. Y es desde ese entonces el compositor oficial del ceremonial papal. Los años setenta, sin embargo, no fueron fáciles en su vida personal: mueren dos de sus hijos y también su esposa en 1580. Por ese entonces considera seriamente tomar los hábitos, pero sin embargo en 1581 vuelve a casarse, esta vez con la viuda de un comerciante de pieles romano. En esta época, no sólo se dedica a la música, sino también a los negocios.
En 1578 el Papa Gregorio XIII le encarga, junto a Anibale Zoilo (Maestro de Capilla de San Juan Letrán), la revisión del canto tradicional de la Iglesia para ser agregada a la de los textos que ya había sido hecha con anterioridad. Luego de la publicación del breviario y del misal encomendados por el Concilio de Trento, que a criterio papal estaban plagados de "barbarismos, incoherencias y superficialidades", se les pide a ambos músicos "expurgar, corregir y reformar los antifonarios, graduales y salterios" para el uso de toda la Iglesia, como sustituto de las variantes locales. No obstante este trabajo no fue completado por Palestrina y actualmente está perdido.
Una verdadera leyenda sobre Palestrina comienza a circular incluso antes de su muerte, ocurrida en 1594. Prueba de esto es la dedicatoria "al más célebre y glorioso maestro de coro" que un grupo de reconocidos compositores contemporáneos (Asola, Porta, Gastoldi y Croce) coloca en la portada de su edición de salmos a cuatro partes en 1592. El texto de su lápida en la Capilla Nueva del Vaticano reza, acorde con el concepto que se tenía de él en toda Europa: "Príncipe de la música".
Hemos dicho más arriba que su producción en composición fue notable: 104 misas, más las 10 Misas de Mantua descubiertas en el Conservatorio de Milán, se suman a sus 375 motetes, lamentaciones, 65 himnos, magnificats, 68 ofertorios, dos libros de madrigales espirituales y alrededor de 90 madrigales profanos. Semejante obra -que como se ve comprende tanto material religioso como profano- demuestra una gran fertilidad y habilidad para la composición, al tiempo que da cuenta de una personalidad que fue capaz de combinar un vigoroso sentimiento religioso con otro mundano, ambos vastamente desarrollados en su historia.
Para valorar la personalidad y la capacidad artística de Palestrina en real dimensión, es necesario destacar que fue el músico que logró hacer que la Iglesia tomara como único modelo estético válido para el culto al suyo propio. A criterio del Concilio de Trento, la complejidad que la música litúrgica vocal e instrumental había adquirido en el siglo anterior, no servía ya a los ideales contrarreformistas, por lo que se imponía un regreso a la simplicidad y a la cabal comprensión del texto por parte de la asamblea.
Es por eso que la Misa Papae Marcelli parece haber ocupado un rol decisivo en el Concilio de Trento: está compuesta en un estilo casi completamente homorrítmico (nota contra nota, algo extraño en el perfil característico de su obra) que da como resultado una pronunciación del texto de clarísima audición. Posiblemente haya sido escrita como una manera de demostrar a la jerarquía de la Iglesia que la polifonía no se oponía a los nuevos requerimientos por un arte que generara un sentimiento inmediato y claro en los fieles.
Un alto porcentaje de las 104 misas de Palestrina fue compuesto sobre temas del canto llano tradicional de la Iglesia. Es el caso de la Misa Salve Regina que da lugar a esta nota, desarrollada a partir de una de las cuatro antífonas marianas (Antífonas B.M.V. o Beatae Mariae Virginis: Alma Redemptoris Mater, Ave Regina Caelorum, Regina Caeli Laetare y Salve Regina), todas ellas derivadas en misas a 4, 5 y 6 voces a capella por parte de Palestrina.
La Misa Salve Regina se compone de los siguientes números, de acuerdo al ordinario: Kyrie Eleison, Christe Eleison, Kyrie Eleison, Gloria In Excelsis Deo, Qui Tollis Peccata Mundi, Credo In Unum Deum, Crucifixus, Et Iterum Venturus Est, Et In Spiritum Sanctum, Sanctus, Pleni Sunt, Hosanna, Benedictus, Hosanna, Agnus Dei I, Agnus Dei II.
Producida por Palestrina en su característica limpia escritura, esta misa ha sido leída por el Coro de Cámara Adrogué de una transcripción del manuscrito original realizada y revisada por Charles Bordes, director del coro Les Chanteurs de Saint Gervais, de la iglesia homónima en París en la década de 1890. Este músico francés, junto con Vincent d'Indy y Alexandre Guilmant, fue uno de los fundadores en 1894 de la Sociedad Schola Cantorum, entre cuyos fundamentos estaba la restitución de las obras maestras de la música religiosa y el enaltecimiento de la producción palestriniana como modelo de música polifónica. Admiración compartida por tantos, siglo tras siglo, como Beethoven, quien -a su decir- no osaba comparársele en la escritura de música eclesiástica.
* Este artículo fue publicado en la Revista Clásica Nº 121 (agosto de 1998, Buenos Aires, Argentina) con motivo de la grabación en vivo y edición en C.D. de la Misa "Salve Regina" de Giovanni Pierluigi da Palestrina por el Coro de Cámara Adrogué, dirigido por Marcelo Ortiz Rocca.
